Soy todo lo que fui

He tratado, sin éxito, de encontrar un texto llamado Renacimiento y retorno, en el que se hablaba del ineludible vínculo de la humanidad con su pasado. La idea que se talló en mi cerebro fue que no dejamos de ser lo que fuimos, incluso cuando luchamos por alejarnos de nuestros inicios; todos los momentos de nuestra historia nos definen tanto como nuestros deseos de caminar lo más lejos posible de ellos.

Esa reflexión detuvo mi carrera de 4 horas y 30, mandándome fuera del aula donde rendía mi EXANI, a un lugar donde no llegaba el estentóreo caminar del reloj. Detuve mi prisa para contemplar lo que decía el autor: la humanidad sigue siendo todo lo que fue, su pasado la sigue conformando y la acompaña a los nuevos lugares que habita. No hay escapatoria.

Y me quedé pensando, ¿realmente no la hay…? ¿Soy todo lo que fui…? El reloj seguía corriendo, y a mi alrededor los lápices afilados de mis compañeros se apuraban sobre el examen, pero el efecto acelerador de mi ansiedad se diluía en medio de mi curiosidad ante este descubrimiento; me detuve a contemplar todas las cosas que fui, especialmente las que no me gustaban. Parece que huir no es una opción, sigo siendo todo lo que fui… La idea me calaba, me chocaba.

Al parecer, en algún lugar entre mi columna vertebral y mis costillas todavía está la niña de 6 años con sus vestidos abombados y sus llantos ahogados; la adolescente cristiana y sumisa con su falda por debajo de la rodilla; la joven con la pierna rota que se escapaba en un vocho blanco… En alguna parte de ese apretado espacio cabe la pequeña de mamá, que juró nunca tener novio, compartiendo espacio con la puberta que se preparaba para ser ama de casa, y la mujer joven que se juró ser diferente, indómita y contestona, y jugó por años a serlo; todas conviven con la Silvia de la semana pasada.

No puedo huir de ellas, pero eso ya lo presentía.

No quiero huir de ellas, eso sí que me sorprendió, porque, ¡vaya que lo intenté por años! Descubrir que estoy cansada de escapar de todo lo que fui con la idea de que puedo ser mejor, ¡de que tengo que ser mejor!, fue un inesperado alivio. Estoy cansada de alejarme.

En medio del silencio que reinaba en la prueba EXANI III me reía quedito detrás del cubrebocas, ignorando por completo al conejo blanco de mi cabeza que se había escapado y corría por todo el salón con su reloj “es tarde, es tarde…” apurando a todos los otros presentes. Tal vez por eso cuando se acabó el tiempo del examen tenía todavía una decena de preguntas sin responder; pero no puedo decir que me arrepienta; me di el lujo, por unos minutos, de dejar de correr para alcanzar algo, para alejarme de otra cosa.

El autor del texto decía que somos todo lo que fuimos, sin escapatoria, que inevitablemente retornamos al punto de partida una y otra vez. Yo lo cambiaría, sin embargo.

Soy todo lo que fui. Sí. Pero también soy más que eso. No es una coexistencia de todas esas partes dentro de mí, es una suma, y a veces, una potencia.

Abrazo todas esas partes que me habitan con la comprensión de que cada vez serán más y, por tanto, necesito crecer para darles espacio. Sigo siendo todas ellas, aunque ya no sea solo lo que ellas son. Dejo de correr para alejarme, aunque sigo avanzando, pero las llevo conmigo a donde voy, sin ocultarlas, sin exigirles más de lo que fueron.

Y mi examen, bueno, los resultados aún no salen. Independientemente de lo que pase me quedo con la satisfacción de haberme dado el lujo de dejar de correr, aunque sea por esos minutos.

Y, como siempre, seguimos aprendiendo…

El niño que no sea abrazado por su tribu…

“El niño que no fue abrazado por su tribu, cuando sea adulto quemara su aldea para poder sentir su calor”

Proverbio Africano.

La vida de 19 niños y 2 mujeres adultas.

La paz mental de todos lo que lo presenciaron.

El juicio de todos los que estamos detrás de una pantalla.

Y las preguntas que permanecen ¿Por qué lo hizo? ¿Qué pudo orillar a un adolescente a disparar a personas que no conocía, niños que no tenían relación alguna con él?

Y el contraste, el opresivo contraste entre las madres de familia cuyos hijos fueron asesinados y la madre de quien jaló el gatillo, diciendo “él tuvo sus razones” en medio del llanto. Todas son madres, lo siguen siendo aunque los hijos ya no estén aquí. Seguramente todas se preguntaron qué pudieron hacer distinto.

“Es culpa de la madre” dicen los comentarios en redes sociales. Me parece que le tenemos tanto miedo a nuestras propias fallas que cuando vemos las ajenas gritamos fuerte para que todos noten que estamos en desacuerdo, cuando quizá hasta podríamos aprender algo.

Aprender, por ejemplo, que criar seres humanos es una tarea MUY DIFÍCIL y llena de responsabilidad; que en medio de nuestra propia ignorancia podemos cometer errores que van a marcar la vida de una persona en desarrollo y van a dirigir su camino. Tener hijos no concluye con el parto, las maternidades y las paternidades deben ser deseadas, apoyadas, respaldadas y explicadas, esto último sin romanticismos; la responsabilidad debería ser de toda la sociedad.

Quiero pensar que ya pasamos la época en la que las personas tenían hijos como parte de un protocolo de vida, sin comprender el impacto que tiene la crianza en la vida de un ser humano y en la sociedad. Se necesita toda una tribu, se necesita trabajar en la salud mental empezando con la propia, seas madre, padre, abuela, tío, vecino.

No creo que haya un nivel o una calificación que pueda determinar cuándo o si un ser humano está listo para tener hijos, pero estoy segura de que no lo determina la fertilidad. Tampoco creo en el extremo de esperar que todo sea perfecto para tenerlo, porque la perfección es un espejismo a veces cruel. No creo que se necesite vivir en estado zen y tener todos los recursos disponibles todo el tiempo, más bien creo que se trata de conocer nuestros propios recursos (físicos, emocionales y mentales) y pensar si me alcanzan para la vida que quiero ayudar a crecer.

Creo, con suma humildad, que se necesita amor, eso como primer requisito: amor por esa pequeña persona y capacidad para transmitirlo, que un niño se sepa y se sienta amado hace la gran diferencia, no importa si hay fallas, si hay tropiezos o errores; pienso, desde mi experiencia humana, que a pesar de los problemas y los malos entendidos si te sabes amada o amado, tienes una gran herramienta para aprender y seguir avanzando.

¿Por qué ese joven de 18 años asesinó a 21 personas? No tengo la respuesta, ¿problemas mentales, quizá? ¿Habrá sufrido abuso? ¿Tendría un cúmulo de resentimiento? ¿Creció en medio de violencia doméstica? ¿Tuvo algo que ver su crianza?

Sigo pensando, por cursi que parezca, que el amor sí hace una diferencia; que el hecho de que las niñas y los niños de hoy se sientan amados ayudará a que los adultos de mañana sepan amarse a sí mismos, puedan marcar límites, comunicar sus emociones, pedir ayuda, tenerse paciencia, desarrollar el humor y la perspectiva, (tan útiles cuando no podemos cambiar lo que nos rodea), eliminando la necesidad de llegar a límites como arranques de odio y agresión para sentirse confortados o atestiguados.

Son muchos los pasos necesarios para el desarrollo de un ser humano pleno y equilibrado, uno que vaya aprendiendo a controlar su mundo interno y determinar la calidad de su vida; son muchísimos pasos; pero también son muchos los pasos que llevan al extremo contrario, al punto en el que tu cerebro bloquea la empatía, por todo el daño que ha sufrido. Creo que es una oportunidad para aprender lo importante que es proteger a la infancia con amor, y aunque Salvador ya tenía 18 años, sigo pensando que todo pudo ser distinto si se hubiera protegido al niño que fue.

Como bailar a la orilla del mar

Este texto es la tercera parte de Cuento sin nombre, publicado el 2 de marzo.

Aquí nos quedamos en la historia:

Esa noche, mientras recitaba bajó la luna llena, alcanzó a escuchar ruido a corta distancia. Su corazón dio un vuelco y luego se detuvo por un instante; “ha vuelto, no puedo creerlo” dijo para sus adentros y quiso correr, pero los pies estaban paralizados, indolentes. Sus ojos luchaban por extenderse hacía el sonido y estuvo a punto de gritar su nombre, pero ninguna parte del cuerpo le respondió.

Por fin, vio una silueta que preguntaba:

¿Hay alguien ahí?  

Pero no era la voz que esperaba escuchar, no era él… Jamás sospechó que esa persona sería la única capaz de sacarla del claro justo la noche en que él volvería a buscarla…

Como bailar a la orilla del mar.

Pasaron meses desde esa última noche de espera. Sin darse cuenta, con cada encuentro con el ladrón del claro (así le llamaba ella a quien fue capaz de sacarla de ese lugar) su resistencia iba cediendo, y como si de pronto se percatara de que había pasado mucho tiempo sin beber, sintió sed de felicidad y el ladrón parecía una fuente llena y rebosante. Su cabello, aunque tocado fuertemente por el sol, era rubio, y tenía una sonrisa traviesa todo el tiempo, a veces amplia y otras, escondida en la comisura de sus labios. Ella se sentía intrigada, porque parecía que no había nada más oculto, todo lo que él era estaba a plena vista, sin misterios.

Era alto y atlético; no es que no le pareciera llamativo desde el inicio, pero no era su físico lo que le atraía, sino su energía y el hecho de que la hacía sonreír. Todo se sentía tan natural como mover un pie delante del otro al caminar; era confortable.

Simple; todo en él y con él era fluido y fresco; reír se sentía natural, respirar se sentía natural, el mundo exterior parecía agradable y ella recordó lo joven que en realidad era, y se preguntó cuántos años se había puesto sobre los hombros durante esos 365 días de espera. Se cuestionó todo lo que sabía (o había imaginado) del amor; tampoco estaba segura de qué era lo que estaba experimentando en ese momento, solo sabía que se sentía optimista, rejuvenecida y despeinada. Durante el año anterior había llevado el cabello atado en una coleta o una trenza, cualquier cosa que le permitiera mantener sujeto el listón violeta que le recordaba ese vínculo de tantas vidas, y ahora, su cabello largo se movía con la brisa… libre.

Era como bailar a la orilla del mar, dando vueltas sobre la arena, con los brazos abiertos de par en par, los ojos cerrados y el rostro hacia el cielo. Era sentir una brisa fresca rodeando el cuerpo, revolviéndolo todo; era sumergirse en el sonido apacible de las olas rompiendo en la orilla, rompiendo en el corazón que esperaba a alguien que nunca volvió.

No se enamoró de inmediato, pero estaba agradecida por sentirse libre un momento, por estar en movimiento después de tanto tiempo petrificada en el mismo espacio lleno de una dolorosa ausencia. Abrió los ojos mientras giraba y veía el mundo a su alrededor dar vueltas; sentía su cuerpo vivo, joven, lleno de endorfinas. Definitivamente era como bailar descalza, descubriendo movimientos nuevos, con la respiración levemente agitada y el corazón latiendo vigorosamente, de nuevo.

Giraba sobre su eje y reía con el rostro bañado de sol, detuvo las vueltas y miró que le extendían una mano a modo de invitación; comenzaron a bailar juntos, primero a la distancia, luego se acercaron; en un momento el ladrón la tomó de la cintura para asirla y mientras se acercaban y el corazón se aceleraba, ella sintió un leve peso en su mano derecha… era el listón violeta atado entre sus dedos.

Su corazón dio un vuelco, no era libre, no del todo, pero siguió bailando…

Una madre humana

Hace años que la bajé de ese pedestal en el que se coloca a las madres latinoamericanas, porque es más fácil abrazarla y verla a los ojos cuando está al nivel de mi mirada; es más sencillo ver que es un ser humano y una mujer como yo: que se cansa, que se enoja y a veces se le escapan las respuestas.

¡Me encanta que mi madre sea humana! Que su amor, aunque incondicional, contemple sus propias necesidades y que a veces falle y lo vuelva a intentar, luego descanse y siga caminando.

Amo que mi madre sea una mujer que sigue aprendiendo a ubicar los límites de su fuerza, que se permita cuestionar lo que sabe y aprender cosas nuevas. Amo cuando podemos platicar y ella no tiene todas las respuestas, de hecho a veces me contagia con sus dudas y entonces me siento más cerca de ella, porque es una mujer real, que sigue aprendiendo.

Me encanta que mi madre sea una persona y que tengamos cosas en común, poder conocer sus miedos y reconocer los míos, agradezco tanto que me los cuente, porque logro entenderme mucho mejor. Agradezco que se muestre ante nosotros con toda la honestidad posible, a veces da miedo sentirse tan expuesto y aun así, ella ha sido valerosa  y ha compartido su vida y su historia múltiples veces, y ese tesoro de su experiencia ha servido mucho para empezar un poco más adelante en el camino. Me fascina que mi madre siga teniendo curiosidad por la vida y valor para re – recorrerla, una y otra vez.

Agradezco que amarnos sea una elección suya, que más allá del instinto y de la naturalidad del amor de madre ella se tomara el tiempo de conocer las peculiaridades de sus hijos y abrazara nuestros dramas y locuras, que han sido varios a lo largo del tiempo. Agradezco que haya sido valiente y también que se haya quebrado; que a veces se sienta frustrada y que otras, se sienta tan conectada con Dios.

Agradezco que se esfuerza, que siempre lo intenta y no porque sea madre, sino porque así es ella, así es Silvia. Agradezco poder saber quién es, más allá de este constructo cultural que parece contener a todas las madres. Agradezco poder conocerla y ver en ella cosas que me duelen, que me enorgullecen, que me alientan y que me sorprenden; cosas con las que me identifico y otras, que dejaré pasar.

Agradezco madre, que seas humana, que nos dejes conocerte y conocernos contigo. Agradezco la luz y la sombra que vino con nuestro linaje, ambos me enseñan tanto. Agradezco que me permitas hablarte de tú y acercarme, que podamos reírnos juntas y preguntarnos cosas. Agradezco mucho que te esfuerces por ser mejor, por estar bien, por ser feliz.

En esta fecha tan romantizada agradezco haber llegado al mundo a través de tu vientre y que compartamos historias, agradezco que no te dieras por vencida tratando de entender a tus hijos con ideas tan extrañas y que participes de ellas. Agradezco tanto que te esfuerces por vernos como somos, no sabes cuánto.

Gracias por dejarme ver que eres un ser humano, porque no imagino una relación honesta y adulta contigo si eso fuera diferente. Y aun así, gracias por esas veces en las que, por 5 minutos, vuelvo a ser Silvita y tú vuelves a ser mamá; gracias porque son minutos reconfortantes que dan fuerza para luego seguir caminando más a la par. Gracias por todo lo que tu vida ha contribuido para formar la mujer que soy y la que sueño ser.

Te amo, gordita, ¡feliz día de las madres!

Lotería

La consciencia de que soy responsable de mi cuerpo vino con el tiempo, lastimosamente una vez que me di cuenta de que podía fallar y que era yo la que debía pagarle a los doctores. De niña era mi madre la que me decía “come tus verduras”, “lávate los dientes”, “no abras ese refrigerador estás viniendo del sol”… Yo lo hacía por obedecer más que por pensar en mi salud.

Sin embargo, el tiempo pasó y ahora soy consciente de que soy la responsable de mi cuerpo, de cuidarlo, asearlo, nutrirlo… ¡No es tan fácil! Tomar suficiente agua, tomar breaks de la computadora, estirarse, hacer ejercicio, comer vegetales, revisar las etiquetas de los productos, tener pensamientos armoniosos, respirar profundo, tomar sol pero no demasiado, usar cremas pero cuidar sus ingredientes, 100 gramos de carne en el almuerzo, ¿es en serio?

Pero es importante, hago un esfuerzo. Verán, tengo un gran ejemplo de lo que sucede cuando ignoramos las señales del cuerpo, de cómo este maravilloso recipiente de nuestra consciencia resiste mucho, pero llega el punto en el que no puede más y comienza a derrumbarse, poco a poco, pieza por pieza, lentamente contigo dentro sintiendo como todo cae y duele…Yo no soy tan valiente.

Como acompañante en las visitas al doctor, he escuchado la lotería de los órganos que fallan: “los riñones… el corazón… los pulmones… el cerebro… el hígado…” La palabra ¡LOTERÍA! Se siente a veces lejana y otras demasiado cerca; ya no sé si me da más miedo oírla o seguir colocando tapitas encima de los órganos, descartando su funcionamiento, sumando a la lista de partes que hicieron lo mejor que pudieron pero ya no pueden más.

Así que hay días que me recuerdo a mí misma que 30 minutos de ejercicio es mejor que nada, que al menos puedo dedicar 3 minutos a meditar, que debo hacer pausas en el trabajo y estirarme, tomar agua, respirar… Que está bien disfrutar la comida, pero que debo parar si estoy satisfecha, que mi hígado necesita procesar. Algunas veces tengo más éxito que otras…

Pero lo intento con fuerza, porque trato de aprender la lección de que soy responsable de este recipiente que me contiene y me permite hacer lo que amo y acercarme a quienes son importantes para mí. Porque he visto el futuro de consumir todos los días refresco de cola, mantener una vida sedentaria, exceder el consumo de azúcar y comer hasta rebosar; veo 20, 25 años en el futuro (la medicina ha avanzado mucho y permite vivir enfermos, pero vivir), es como permanecer en una prisión que se cae a pedazos, donde la única forma de escapar es escuchar ¡Lotería!

Puntos suspensivos…

Desde muy pequeña he tratado de acomodar mi mundo interno con palabras. Al principio eran palabras de alguien más, personas cercanas que llenaban con su experiencia mi mente y mi espacio, moldeando mi pequeño mundo inocente e inexperto.

Fui creciendo y sumé palabras de gente lejana, personas que ni siquiera conocí, algunos de ellos ya muertos. Los libros, qué gran herramienta para la humanidad. La vida y aprendizajes de personas extrañas dejaron palabras nuevas en mi vocabulario y con ello otros medios para comprender mi mundo en crecimiento, otros materiales para seguirlo construyendo.

Y muchos años, personas y libros después, aún hay días como éste, en los que no encuentro una sola palabra que pueda resumir la amalgama de emociones y sensaciones buscando su lugar en  mi mundo. En estos días lo que ayuda es respirar y contemplar, hacerlo en silencio, viendo como todas las formas dentro de mi desfilan y se van acomodando, cayendo poco a poco en un lugar diferente, nuevo y sin nombre.

Ese instante de silencio produce un vacío. Es profundo. Es la antesala del cambio, el momento en el que dejaste de ser y todavía no eres de nuevo, aunque eso sea una imposibilidad. Siento que es como flotar en un espacio sin gravedad, pero adentro. Y todo este río de letras es para decir, que no sé qué decir. Que todavía no lo tengo claro, que se sigue construyendo dentro de mí la frase que pueda resumir cómo me siento. Son puntos suspensivos, indicando algo que no termina de ser…

Manzanas para Navidad

En esta mañana lluviosa me permití el regalo de sentarme para ver cómo la calle se distorsiona con las gotas que empañan y limpian la ventana, y mientras contemplaba el espectáculo, recordé una historia que quería contarles desde hace días.

Es la historia real de una familia, en los años 60. La familia estaba conformada por mamá, papá, tres hijos y una hija. Vivían en Progreso, un (entonces) pequeño puerto en la península de Yucatán. Imaginen la escena: ese pequeño puerto estaba pobremente conectado con la capital del estado. Para llegar era necesario pasar algunas horas en tren, atravesando un camino más bien salvaje.

Se jugaba en el patio, y si llovía, en el lodo. Si tenías alguna duda tenías dos opciones: preguntar o experimentar para ver qué pasaba (no había Google). El teléfono de casa era un lujo, los baños eran un lujo, si necesitabas descomer ibas al fondo del patio. En esa época el agua para tomar salía de la llave, no había agua purificada, ni refrescos embotellados, ni papas fritas en bolsas metálicas.

Los niños jugaban todos en la calle, libres del peligro de los coches, seguramente iban descalzos. Los dulces eran las frutas de los árboles: mamey, mango, coco, grosellas y huayas que cosechabas, a veces, de la casa del vecino.

En esa época tan distinta, se comía lo que crecía en el patio, lo que se producía en la región. No había supermercados con comida de otras partes del país o del mundo. Así era la vida y así vivía la familia que les describo.

En esa entonces, para festejar la Navidad la familia comía pollito asado acompañado de algún tipo de sopa o pasta, todo un lujo. Los seis integrantes se sentaban a la mesa a compartir y celebrar. Yo imagino al padre de familia cortando las piezas del pollo, que la madre de familia había cocinado de la forma más deliciosa. Imagino a los niños sentados a la mesa, comiendo, uno al lado del otro.

¿Harían travesuras? Me pregunto. O tal vez, ese día especial se comportarían ante la mirada atenta de sus padres. Me pregunto de qué platicarían, qué sentirían, si disfrutaban la cena o querían salir a jugar.

Me cuenta mi madre: “Y entonces, mi papá sacó una caja de manzanas, que fueron el postre; no era común tener manzanas, fue una sorpresa”.

Dulces, rojas, jugosas manzanas, como esferas. Toda una visión en ese entonces, dado que en Progreso no hay árboles de manzana, esas crecen en climas más fríos. Todo un lujo comprarlas y compartirlas con la familia. Imagino la cara de los niños ante la sorpresa. Los imagino saboreando el regalo, con las manos humedecidas por el jugo del fruto.

Manzanas para Navidad. Qué bello regalo. Las cosas simples de la vida que se hacen enormes en la capacidad de asombro de los niños; los pequeños detalles que alimentan a un corazón inocente y agradecido.

Pasaron ya muchos años; los niños crecieron, los padres ya no están en cuerpo físico. Hoy las cenas de Navidad en las cuatro casas de los hermanos tienen gordos pavos, pierna de cerdo, soufflé de arroz, espagueti preparado con recetas descubiertas en internet, diferentes tipos de postres y botanas… Muchas bendiciones, han sido muy afortunados.

Los hermanos han cambiado, han crecido y avanzado… Las manzanas son cosa de todos los días, tan fácil como ir al supermercado y ponerlas en un licuado. Pero esas manzanas, las que compartieron como celebración decembrina, las que eran como un tesoro difícil de obtener, supongo que fueron las más jugosas de todas. Me encantaría saber…

¡Qué rico, saborear manzanas en Navidad!

Como hundirse en un abismo…

Foto cortesía de Bessanova Aerial Eye

Este texto relata lo que sucedió antes de Cuento sin nombre, publicado el pasado 2 de marzo.


La primera vez que le vio, el impacto de su mirada fue como un golpe interno que sacudió todo lo que comenzaba a saber de sí misma. Fue como caer en un espeso y profundo abismo que se extendía más allá del subsuelo, traspasando capas y capas tectónicas, hasta el núcleo mismo de la Tierra. El impacto tuvo la fuerza de un vínculo que traspasaba su joven vida; fue como descubrir que estaba atada sin remedio, sin poder hacer o decidir. Mucho más fuerte de lo que sus lozanos huesos podían hacer cara, por lo que se rindió en ese mismo instante.

En esa fosa  sin fondo los ojos no le servían, la espesura de su emoción le sofocaba pero a la vez le regalaba aliento. Sus sentidos  de pronto estaban saturados de fantasías y recuerdos borrosos que confundía con presagios; sentía que flotaba, pero en realidad seguía cayendo, precipitándose hacia algún lugar fuera de sí misma, esperando que la atraparan.

La fuerza del encuentro provenía de un contrato antiguo, aún palpitante bajo su pecho. No había nada que hacer, nada en absoluto, el golpe ahuyentó su voluntad.

Las emociones que percibía por el (re) encuentro eran fortalecidas por el eco de emociones anteriores, contenidas en la misma alma pero experimentadas por diferente piel. Contenían la reciente experiencia propia y la de quienquiera que fuese antes… Eran demasiado fuertes para contenerlas, así que comenzó a llorar.

Y todo esto pasó en apenas unos segundos. Él la miraba sin inmutarse, contemplaba la transformación interna de la mujer que tenía enfrente. No le sorprendió, esperaba que ocurriera, él sí sabía y recordaba casi todo. Había ido hasta ahí para verla, pero no podía llevarla consigo, serían apenas un par de semanas para estar juntos y debía volver, pero no podía esperar más.

Al principio tuvo miedo de que no lo reconociese, de no saber cómo explicarle lo que ella significaba para su alma, pero al verla llorar supo que le recordaba, aunque no supiera aún quién era ni qué hacía en ese lugar.

Y así fue como el tiempo se detuvo entre ellos dos, dando cabida a cada momento que habían tenido juntos, todo de golpe, y en ese momento, algo en el universo cayó en su lugar, solo por un instante…

Porque en el universo todo cambia y se reacomoda. No estaba escrito que se quedaran juntos por más vidas que las que ya habían compartido.

Cuando estés lista

Sigues respirando y estás aquí. Puedo ver la amalgama de felicidad, tristeza, amor y aburrimiento que hay dentro de tus ojos. Puedo ver que te cuestionas profundamente y luego, con miedo a que la respuesta te lleve lejos de tu zona de confort, revisas el celular o te inventas algo que hacer. Veo también esos pequeños espacios del día, mínimos, que suceden antes de dormir o mientras tomas una ducha, en los que te preguntas hacia dónde va tu vida y cuál es el sentido de todo… Pero es solo un momento antes de poner un podcast o hacer una lista mental del súper, o comenzar a preocuparte por los demás.

Hasta que algo pasa y te topas de frente contigo misma, sin lugar a donde huir. Y ahí estás, de pie frente a un espejo impalpable, con todo tu equipaje: el que acumulaste a lo largo de tu vida y el que te regalaron tus padres y el de los padres de tus padres, y el de los padres de los padres de tus padres…

Tu voluntad es fuerte, pero la vida es obstinada y no importa cuánto trates de acomodarla a tus intereses, se desboca y hace lo que le da la gana, es simplemente su naturaleza libre y amorosa, que te dirige con mano firme para que prestes atención a lo que viniste a legarle al mundo, o sencillamente, para que prestes atención.

Aquí te espero, cuando estés lista, para observar el rompecabezas de historias en tus estrellas y buscarles sentido, aunque tardemos una vida en encontrarlo, podríamos solo admirar el desorden que es, por ahora.

Aquí te espero, cuando estés lista, para escuchar todas tus letras silenciadas por el miedo al qué dirán; vamos a desbaratarnos ese miedo a incomodar con nuestras palabras. Yo quiero que me cuentes todo lo que has vivido, lo sencillamente hermoso, lo insulsamente cotidiano, el estertor  y el gozo.

Aquí te espero, cuando estés lista, ¡para reír por absolutamente nada! Por las cosas buenas, o para convertir en comedia nuestros dramas. Vamos a reír para compensar todas las lágrimas y luego a llorar para que quede espacio para seguir riendo después.

Aquí te espero. Porque en esta vida, por la que a veces pasamos a trompicones, no creo en héroes ni heroínas, pero creo en compañeras de viaje, una mirada cómplice mientras se avanza o se descansa. Alguien que sea testigo de que se vive y se aprende y se puede, no siempre pronto, pero se puede.

Cuando estés lista, me encantaría saber de ti.

Cuando dices «feliz día de la mujer»

Aunque no aprecie la felicitación, sí aprecio mucho la intención, sé que es una forma de demostrar cariño. Siempre se aprende, no se juzga el desconocimiento sino la apatía o el desinterés. Si tu intención es en serio honesta, déjame contarte lo que leo entre líneas cuando dices que “felicidades a la mujer, dadora de vida, fortaleza del hogar” o “a la mujer delicada y fuerte, que ama incondicionalmente y siempre es paciente”. En esas palabras veo la preservación de un estereotipo que nos ha hecho mucho daño como género; un molde que estamos luchando por despedazar.

Porque muchas palabras añadidas a la felicitación siguen reforzando la idea de que las mujeres debemos ser cualquier cosa, menos libres: entregadas, delicadas, explotadas, sumisas. Es momento de abandonar la idea de que la virtud de cualquier ser humano está en lo mucho que ha aguantado, en lo desapegada que es de sí misma, por el beneficio de los otros, o en su capacidad biológica de gestar.

NO es un mérito tener que desgastar tu vida porque la sociedad te exige entrega total a tu familia, y además tienes que trabajar.

NO es un mérito aguantar los abusos, sean físicos, económicos, verbales o psicológicos.

NO es un mérito permanecer en relaciones que hacen daño, ni siquiera (o quizá mucho menos) poniendo como principal motor el mal entendido “bienestar” de los hijos.

NO es un mérito abandonarse a una misma, abandonar sueños, ideales y capacidades, con la bandera falsa del amor; sobre todo cuando tenemos tanto que aportar a la sociedad.

Todas esas fueron exigencias al género femenino, que deben quedar en el pasado como un aprendizaje.

Este día se trata de derechos, seguridad y libertad y haré énfasis en esta última: libertad de ser lo que queramos ser, aunque no encaje en lo que tradicionalmente se le ha exigido a nuestro género.

¿Quieres mostrar tu afecto a las mujeres en este día? Mi recomendación es: acércate a escuchar lo que tienen que decir, pregúntale sobre su forma de ver y vivir este mundo, deja de suponer que entiendes lo que somos, no hay una explicación general, seguimos siendo personas diversas. Es mentira eso de que “no hay que comprenderlas, solo amarlas”, el amor sin entendimiento me parece condescendiente, si te interesa conocer a otra persona eso requerirá tiempo, ¡porque es otra!

El día de hoy se conmemora, se reflexiona, de hecho la celebración del Día Internacional de la Mujer de las Naciones Unidas tiene un lema, el de este año es “Igualdad de género hoy, para un mañana sostenible” y lo que pretende es crear consciencia sobre el hecho de que las mujeres y las niñas son líderes eficaces y poderosas que impulsan el cambio para lograr la mitigación y la adaptación climáticas.

El día de hoy se marcha, se cuestiona y se continúa la búsqueda de equidad, respeto y seguridad en un país que muchas veces nos lo niega o arrebata. En este día se reconoce el camino recorrido por las que estuvieron antes de nosotras y se honra ese esfuerzo.

Como digo cada 8 de marzo, ojalá que un día deje de ser necesario conmemorar, exigir, desmentir, pero en lo que ese día llega, seguimos haciendo lo posible desde nuestras trincheras.

Un abrazo sororo.